Con la perspectiva que va dando el tiempo, y con los procesos
judiciales en marcha –alguno de ellos, a punto de resolverse–, queda claro que
la intervención de las empresas fue un tremendo error, y que el daño que se ha
infligido al sector de los bienes tangibles –que funciona perfectamente en otros
países– es irreparable.
Los numerosos afectados por la clausura de las empresas han
tenido que soportar que desde distintas instancias –incluso políticas y de
asociaciones de consumidores– se les tildara de ‘codiciosos’ o ‘aprovechados’,
por haber querido obtener con sus ahorros una rentabilidad superior a la que
ofrecía el sector financiero.
El hecho es que ambas empresas habían estado funcionando a
plena luz, cotizando a la Seguridad Social, pagando sus impuestos y retribuyendo
a sus inversores durante más de 20 años, sin que se detectara una sola anomalía
en su funcionamiento. Y de la noche a la mañana, caen bajo sospecha, sus
gestores son encarcelados y sus sedes, clausuradas. Hay que recordar que en
aquellos momentos (mayo de 2006), la opinión pública estaba volcada en ciertos
temas que resultaban comprometedores para el partido en el Gobierno. Puede ser
que, a modo de cortina de humo, se desencadenara esta intervención, para marcar
la agenda de la prensa y la opinión de pública y ocultar otros asuntos.
Lo cierto es que el denostado sector de la inversión en bienes
tangibles cuenta con una subyacente, los sellos, que no puede ser más segura,
puesto que son títulos emitidos por el propio Estado. Y, como ha quedado
sobradamente demostrado, los sellos existían, no eran falsos, ni estaban
sobrevalorados. Frente a ellos, otras subyacentes de la inversión, como los
pisos o las acciones, han demostrado en los últimos meses su verdadero valor.
Quienes hubieran invertido en empresas como Astroc-Afirma, Colonial,
Metrovacesa, o empresas de comunicación como el Grupo Prisa, han visto cómo su
inversión quedaba reducida, en el mejor de los casos, al 10%. Sin embargo, nadie
ha puesto en duda la honorabilidad de las empresas inmobiliarias u otras que han
protagonizado sonoros desplomes en la bolsa, ni de sus gestores o
inversores.
Todo lo contrario ha ocurrido en el sector filatélico. Quizá su
auténtico pecado haya sido ofrecer pactos de recompra y permanecer al margen del
sector financiero y de la bolsa, restándoles el negocio que suponen los miles de
millones de euros que sus cientos de miles de clientes tenían invertidos en
ellas.